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Los dos lados del muro:¿sin engaños?mentira PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Sábado, 16 de Enero de 2010 21:14

 Pequeño relato de las vivencias de  Pepe Trigos como monitor de albañileria del centro, su visión cercana  y real del trabajo diario junto a los internos.

Nadie debería opinar sobre aquello que no le hizo llorar o reír, en definitiva, sobre nada que le dejase indiferente.

Mi vida, siempre estuvo ligada a la prisión, la casa donde viví mis veintitrés primeros años, estaba situada a no más de treinta metros de ella.

Cuando era niño y jugaba en la calle, la señal para volver a casa, no la marcaba un reloj, sino las luces de la prisión al encenderse al anochecer.

Solíamos jugar a la pelota por los alrededores y alguna vez, una patada demasiado fuerte, hacía que el balón sobrepasara el muro y se perdiera tras el.

¡Cuantas veces les rogamos a los guardias de la garita que nos la devolvieran!, algunas veces lo hacían, otras no, pero lo peor era cuando bajaban al recinto y nos la devolvían si, pero rajada e inservible, nunca logré entender que les movía a semejante acción.

Pasé algún tiempo estudiando en un colegio situado enfrente de la cárcel, y a diario, me escondía con mis compañeros para robar brevas o flores, de las más próximas a las rejas del patio que cuidaba Don Rafael, padre del amigo del mismo nombre que me ha empujado a escribir sobre mi experiencia a ambos lados de los muros.

Un día, la casualidad hizo que entrara en prisión, pero no como lo hizo tanta gente que conocía de mi barrio, con los que compartí juegos y escuela, pero que al final se perdieron por otros caminos, no en calidad de preso, sino para trabajar como monitor de albañilería.

En aquellos días hubo muchas anécdotas que poder contar. El primer día de trabajo, el director me acompañó en un recorrido por las instalaciones y me comentó que muchos se impresionaban y dejaban el trabajo, pues aquel ambiente les amedrentaba. Mi contestación fue que no se preocupara, que yo me había criado al otro lado del muro y no me asustaría de nada que pudiera encontrarme allí dentro, y dicho esto, no habían pasado ni dos minutos, cuando un interno se me acercó, y dándome un abrazo me preguntó: Trigos, ¿Qué te has comido?, yo le contesté que aún no había desayunado, risas y más risas, pero la mirada del director fue tremenda, por su  expresión supongo que debió pensar: Dios mío, ¿a quien hemos metido aquí?

Era la primera vez que mi trabajo consistía en transmitir mis conocimientos a otros, pero las dificultades me motivaban y los resultados hablaban por si solos. Tengo que añadir, que sin la ayuda de dos educadores: Jesús y Lorenzo, posiblemente no estaría ahora aquí, tampoco puedo dejar de mencionar a Javier, jefe de mantenimiento, al que todavía suelo acudir cuando surge algún problema.

Durante los cursos, no solo se forman como albañiles, alguno hasta comienza a leer, aprenden a compartir, a trabajar en grupo. Tenemos una máxima, durante las horas de clase, nadie ha de sentirse preso, de lo contrario, de vuelta al módulo, ya que la dinámica que trato de implantar es que a mis alumnos les guste, quieran y presuman de hacer, lo que deben hacer.

Con el tiempo, mi labor, se ha ido tornando en algo más amplio, pues colaboramos con mantenimiento ejecutando algunos trabajos puntuales, lo que motiva mucho a mis alumnos, ya que saben que eso les coloca a un paso de poder trabajar aquí, en la prisión.

Supone para mi una gran satisfacción, ver los talleres, cocina, suministros… llenos de hombres que han pasado por los cursos de formación y habiéndoles dado la oportunidad de aprender un oficio, lo han sabido aprovechar, y han desarrollado unas capacidades que ni ellos mismos sabían que poseían, y que nadie les hizo ver que allí estaban, que sólo había que pulirlas para brillar al mismo nivel que cualquier otro ser humano que disfrute de su libertad.

No dejar aflorar los sentimientos, es algo que tuve que aprender en este trabajo, llegué a volverme algo llorón cuando contemplé la vida de la cárcel desde este lado, tan diferente a cómo la mayoría cree. La opinión pública debería conocer más acerca de este pequeño universo que late ignorado por el resto del mundo, hay vida, mucha vida entre estos muros.

Jamás renegué de mis raíces, ni traicioné a nadie que viniera a pedirme ayuda. Fueron  muchas penas las que oí, unas verdades, otras mentiras, pero todas contadas por la necesidad de ser oídas.

He tenido en mis cursos a familiares y amigos. Una vez tuve un alumno, que en paz descanse, a quién tome afecto desde muy pronto.  Unas semanas después de conocerle, me entere de  que había sido el quien había matado a una amiga mía, había jurado vengarme si le llegaba a conocer, pero era demasiado tarde, le había llegado a apreciar y ni siquiera le dije lo que sabía de el, ni lo que había pensado hacerle antes de conocerle.

Son tantos los problemas que conlleva el trabajo en prisión problemas como los que puedan existir en la calle: el paro, la familia, la droga, la lucha por la supervivencia, pero aumentados y magnificados por  la permanencia entre rejas: el tiempo que va pasando pero parece detenerse, la falta de información, de comunicación con el exterior, con el mundo de allí fuera, las manos atadas para resolver los problemas que se presentan.

 La vida dentro tiene otro ritmo, la realidad se desdibuja y solo queda la fijación por un concepto, una sensación, o más bien, una palabra, idealizada hasta no poder más, ¡libertad!, como si la falta de libertad solo se sintiera aquí dentro.

Su máxima aspiración es pisar la calle, y te envidian por que puedes mover tus pies y dirigir tus pasos hacia el exterior, hacia la calle, a la misma que un día les trajo aquí y de la que a tantos he visto volver, otra vez, a soportar la temida privación de libertad.

Unos vuelven, otros acaban aprendiendo la lección o tienen más suerte al delinquir de nuevo.

Son ya más de veinte años trabajando aquí, y he tratado con personas de toda nacionalidad y condición y creo sinceramente, que ellos me han enseñado a mí, tanto o más que yo a ellos. Yo les enseño lo que se, la vida fuera también es dura, hay que abrirse camino, todos lo hacemos o al menos lo intentamos, les damos una oportunidad para empezar de nuevo, habiendo aprendido de lo viejo.  Lo tomas o lo dejas. La calle… la prisión… ¿acaso hay tanta diferencia?

 

 

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Última actualización el Domingo, 24 de Enero de 2010 19:07
 
 

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